El amor

Hace algunos años concebía este tema como algo binario que, o se tiene, o no se tiene. Lo que implicaba estados también simples de tristeza y alegría, según fuera el caso. Pero con el tiempo he ido adoptando una visión distinta acerca del amor y ahora puedo entenderlo dentro de un espectro donde no tiene por qué haber contenedores que lo clasifiquen o fronteras que delimiten con exactitud hasta donde debo sentir, ya que en cuestiones amorosas suele darse una mezcla o variedad de sentimientos y, además, no siempre “X combinación” tiene por qué marcar el universal objetivo del emparejamiento.

Partiendo de la división de “ESTAR CON vs NO ESTAR” junto a la persona que hace revolotear mis mariposas y que ejerce cierto poder de atracción sobre mí, el segundo caso, lamentablemente, no va a acarrear más que sufrimiento. Y quizás el mejor remedio sería borrar a esa persona por completo de mi vida. Para ello pueden usarse tácticas diversas. Pero si de entrada se da espacio a la posibilidad de dejar que tales sentimientos fluyan con libertad, sin que por ello la cosa tenga que culminar en nada, el riesgo de salir herido es mucho menor y puede ser ampliamente superado por los beneficios.

La razón de que una persona nos guste es porque algo nos aporta. Puede que nos fascine la cantidad de conocimientos que tiene sobre algún tema concreto o la profundidad con que lo explora. Quizás lo que la distingue sea en general su manera de proceder ante situaciones complicadas, aquellas decisiones que toma sin dejar nunca de lado la ética y cuyas acciones probablemente no contarán con visibilidad suficiente para ser justamente valoradas por el entorno. O es posible que alguna habilidad suya nos atrape, por ejemplo, un destacado arte para hacer vibrar las cuerdas vocales. Pero lo que está claro es que el amor no se activa solo por ver una bonita carcasa, y de un buen contenido siempre puede uno beneficiarse de alguna forma.

Tampoco habría que subestimar al peor de los enemigos en este difícil terreno, aunque creo que los celos aparecen –o se hacen más complicados de llevar– cuando esta clase de concepción amplia del amor no está plenamente consolidada. Pueden considerarse una especie de indicativo que señala hacia el deseo de obtener exclusividad y contar con todos los privilegios sobre el resto de "competidores", lo que denotaría un egoísmo bastante inconveniente para cualquier tipo de relación. Con esto no quiero decir que las relaciones de pareja tengan que ser necesariamente abiertas. Ni tampoco es que haya que suprimir la posibilidad de adquirir con alguien un compromiso romántico con ciertas reglas pactadas de antemano que sí podrían funcionar. En otro post me gustaría extenderme sobre esa parte.     

De momento, como corolario, no se puede elegir que la "lucecita" se encienda o no, y apagarla para que no queme puede requerir un largo y arduo proceso. Pero existe la posibilidad de desplazar su haz para iluminar aquellas zonas donde residan los beneficios de sentir así. 


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