Machismo, felicidad y publicidad
Digamos que estoy a un aspirador, más un marido al que preparar deliciosos platos, de alcanzar la felicidad. Con los abrefáciles de ahora ya puedo abrir yo sola los envases de comida. Y además, doy gracias a la química por la baja combustión de la cerveza. Lo único por lo que tendré que preocuparme, una vez reunidos los requisitos indispensables para sentirme plena en la vida, es por no cagarla demasiado en la cocina (donde prácticamente me tiraría el día entero porque me fascina en demasía esa parte de la casa), por mantener el piso reluciente, por darle a mi esposo (y criar de manera dogmática) la cantidad de hijos que él o el azar estimen oportuno que tengamos, por que haya siempre una botella de equis elixir bien fresquita en la nevera, por no formarme una opinión que contradiga los deseos, creencias e intereses del otro género, por seguir resultando deseable pese a las condiciones adversas que pudiesen arruinarme como florero, por asumir en general todos los fallos recibiendo buenamente el justo castigo que me toca y por reprimir mis propios anhelos, necesidades, lágrimas... en pro de su sonrisa. Y al fin y al cabo, lo bueno de que una mujer no ría ni llore es que ¡retardará las arrugas! Y el marido se verá menos abocado a la infidelidad.
Puff, menos mal que los tiempos han cambiado y la mayoría de la población entiende y respeta ahora los derechos fundamentales del resto, aunque queden todavía muchos remanentes del patriarcado y de ideologías por el estilo igual de extremas. La felicidad es un estado complicado que depende de un montón de variables de índole muy diversa, por lo que, cuando desciende el nivel de satisfacción, ya sea en cualquiera de los escalones de las necesidades humanas, la estabilidad pretendida puede verse trastocada. Especialmente se hace duro cuando el problema tiene que ver con la fisiología o cuando la seguridad física se ve fuertemente amenazada, pero no pueden desdeñarse otros aspectos como el afecto, el respeto, el éxito de las empresas que se llevan a cabo y la autorrealización. Asimismo, también están por otro lado el placer estético o la capacidad de apreciar en profundidad los estímulos del medio, toda una serie de condiciones ambientales que afectan directamente la química del organismo, la filosofía de uno como individuo dentro de una cultura determinada, etc. Al igual que las necesidades, las fuentes de nutrición deben ser también variadas; no puede jugarse una partida solo con la carta del amor en la mano por muy alto que ésta puntúe. Pero, si además, vivir ligado a alguien significa renunciar con frecuencia a lo que uno piensa y desea, la ecuación desde luego no va a dar buen resultado.
Un aspirador, un lavavajillas o un horno con efecto pirólisis, por supuesto, tampoco cubren el cupo. Ni un vestido nuevo. Ni un diamante. Solamente introducen una sensación de mejora o complacencia temporal; luego, pasan a formar parte del cotidiano sin más. Empaquetar un concepto tan amplio como la felicidad en un único artículo/persona es similar a vender humo. Es servirse en beneficio propio de una lógica ambivalente, en detrimento de la lógica polivalente, y esto ocurre a menudo incluso con lo aparentemente inocuo o benéfico (ejem, industria del positivismo, ejem...). Gracias a la titánica lucha de muchas y muchos que se sacrificaron, sobre todo al inicio de movimientos como el feminista, en sus múltiples oleadas, la cultura poco a poco ha ido modelándose para adoptar una forma más justa entre los diversos colectivos que componen la sopa humana, en la cual, cada uno de los ingredientes hace su aporte a la receta. No obstante, las estrategias del mundo del marketing han ido al mismo tiempo afinándose buscando la sutileza bien encajada, lo que hace preciso indagar siempre en el trasfondo ante la proposición de una fórmula determinada para saciar esa necesidad global que, como humanos, tenemos de encontrar nuestro Santo Grial.
*Respecto al tema del machismo, a todo esto, tengo que hacer un pequeño apunte: si yo concretamente me encuentro limitada en cierta situación a la hora de aplicar fuerza física (fuerza peo, habese...), es de agradecer el gesto amable de quien que se ofrece a ayudar para aligerarme la carga. Y que sea hombre desde luego no cambia nada. Tener la consideración de ofrecer es diferente de imponer o colocar una etiqueta negativa, como en el caso de muchos anuncios publicitarios en torno a la edad dorada: "¿Quieres decir que una mujer puede abrirlo?" (sorpresa) "No te preocupes, querida, ¡no quemaste la cerveza!" (condescendencia). Ahí sí se demarca una posición de superioridad frente a otra de inferioridad que es asignada.
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